PSIQUE 3
«El objeto de la idea que constituye el alma humana es el cuerpo, es decir,
el modo de la Extensión existente en acto, y no otra cosa.»
Spinoza
El alma, como Mujer, siempre está queriendo volver
a esa Conciencia Una, a la ternura infinita de sentirse
hija predilecta -por ser humana- de la Gran Madre Tierra
Se duele y nos advierte, desde el cuerpo, que la tengamos presente
Pero la ignoramos. No importa, ella espera..
Espera a que la Vida Inconmensurable, poderosa y terrorífica
Pero también vulnerable, delicada y exquisita se ocupe de ella
Y ocurra.., ¿qué, un milagro?..
Spinoza dice que hay que aceptar que el alma.. no existe
Es solo es una idea. Una idea brillante, limpia del mal alguno
Cálida, efectiva y luminosa, siempre en movimiento
Pero en el fondo quieta, imperturbable
Es la idea raíz de todo lo que llamamos vida
Una raíz sin origen ni final porque Es, simplemente, infinita
Y está en nosotros lo mismo que en los insectos
Las montañas, los océanos, las galaxias, los neutrones..
Naturaleza es todo cuanto existe, eso lo sabemos
Ah! Pero el privilegio de ser humanos es otra cosa..
Leonardo Da Vinci lo expresa así: «Lo más preciado que el universo
me ha dado es la capacidad de cuestionarlo. Y ese es mi deber divino»
Cuestionar, indagar, ahondar en nosotros mismos,
-en el cuerpo tan maltratado y en la mente confusa-
Porque la Naturaleza no responde a nuestros deseos
Está en nosotros alinearnos con Ella
Hay que comprenderlo racionalmente -y probablemente más de una vez-
Y someterse a esa Verdad
Ir más allá de nuestras querencias y preferencias
De nuestros miedos, rechazos y defensas
Hay que investigar a fondo “el fondo sin fondo” del pensamiento y,
Ahí, refugiarnos y aceptar, humildemente..
Porque solo ahí, dice Spinoza, somos en verdad libres
Eso no se puede entender y no sirve creerlo
Solo la experiencia nos aportará la feliz certeza
De que las cosas, la Naturaleza, la Vida, en verdad, es así
Trabajamos con la inteligencia hasta descubrir que las paradojas
Abundan y se resuelven y reconcilian en perfecta armonía
Al remontar la cima de los miles de pensamientos
que somos capaces de mal-pensar
Y alcanzar una visión pura, transparente
Ahí donde la intuición es clara, certera e inequívoca
Constatamos que solo la idea del alma es Verdad
Somos Naturaleza pero, por ser humanos,
También somos discípulos de la Naturaleza
Ya que todos “padecemos” el divino deber que nos impulsa
a ir más allá de nosotros mismos. A cuestionarlo todo y
Aprender, descubrir, hacer buen uso de la inteligencia
que se nos ha concedido y constatar con Spinoza, que:
«El alma humana tiene un conocimiento adecuado
de la eterna e infinita esencia de Dios»
Ese es el desafío.
Spinoza no apela al amor, la bondad, la fe o la devoción
La herramienta, para él, es la inteligencia
Y, el premio, la comprensión. La razón está para hacernos libres
Libres de los afectos y los pensamientos confusos que nos esclavizan
Libres para vivir en paz con nosotros, con los otros y con el mundo
Con todo lo que Es.
La paz, el sosiego, no tienen fin ni finalidad alguna
Beatitud, indiferencia divina, claridad prístina o despertar..
No importa el nombre. Simplemente nos sabemos libres
Y nada que no provenga de esa libertad nos afectará
porque cuando la idea del alma es clara en nuestro interior
Sabremos, por experiencia, que «Todas las ideas
en cuanto referidas a Dios son verdaderas. Y quien tiene una idea
verdadera, sabe al mismo tiempo, que esa idea es verdadera
y no puede dudar de la verdad de eso que conoce.»
Al principio la belleza de ese saber, nos trastorna
Con el tiempo, su verdad nos transforma y comprendemos
Nos rendimos a la evidencia de que la Naturaleza
O dios, si le damos ese nombre, es así.. indudable e inescrutable
Sus leyes son eternas, perfectas e incuestionables y
Sólo ocurre lo que tiene que ocurrir
Reencontrarnos con lo que el alma sabe
Reunirnos, identificarnos, con la esencia de aquello
A lo que el alma apunta y gozar de una alegría sin causa
De ser y fluir con las leyes naturales de las que somos parte
nos libera de toda pretensión o preocupación
De expectativas y temores, de euforias y depresiones
Los afectos se ven como lo que son, ideas erróneas
Que impiden «la alegría pura y exenta de deseo
(..) una claridad que nada logra empañar
y que se identifica con la bienaventuranza».
Claro que es una tarea ardua, difícil, excelsa ..!
A mí, la lucidez de Spinoza me aterra y me enamora
Me desafía y me consuela y he necesitado recurrir a otras
palabras menos precisas pero, tal vez, más cercanas
A esa puntita de fecha luminosa, a la chispita como la llama Eckhart,
capaz de adentrarse y/o elevarse y llevarnos a vislumbrar
Lo que el alma sabe de su Ser Naturaleza …
Ser responsables del cuidado que prestamos a nuestros cuerpos
y de la calidad y la inteligencia con que defendemos nuestras ideas
no es fácil. De hecho es la tarea más ardua y difícil que el ser humano
puede enfrentar porque alma y cuerpo no son dos
Si el alma sufre el cuerpo se deprime
Si el cuerpo enferma y duele, el alma lo sufre igual o más
No podemos separarlos a menos que nos mintamos
Y pensemos que solo la materia importa y.., el alma..
Esa cosita rara, sí, tal vez preciosa, que nos sobrevuela
Pero nada más.
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Este escrito tampoco es un poema, es un intento, no de escribir sobre Spinoza, algo que no intentaría ni con 80 años más, sino de compartir el impacto que su compresión del alma ha tenido y tiene en mí. Creo que no lo consigo pero esa era la intención. El rigor de Spinoza me obliga a recurrir a sus palabras, tan precisas como preciosas, pero que, desgraciadamente, no son mías. La enormidad de sus enseñanzas sobrepasa, con mucho, mis experiencias, las intensas guerras internas que siguen provocando en mí. Tal vez si tuviera mucho más tiempo conseguiría, algún día, hablar de él, desde mí, pero el cuerpo me niega la energía para que el “mí” aparezca y pueda expresar el caos en el que me sumerge el esfuerzo de querer mantener la mente, es decir, la inteligencia fija en la idea de que el alma nos conduce a dios y que dios es todo, es decir, que yo, tú y todo somos manifestaciones de las eternas y perfectas leyes de la Substancia Una o La Naturaleza.
Está claro que eso no se entiende ni se experimenta leyendo a Spinoza y, menos aún, a mí. Y sin embargo creo que fue ese el impacto que me provocó la primera vez que lo leí, algo así como eso es la Verdad. Pero sigo sin poder explicármelo, sin poder ponerlo en palabras, sin poderlo digerir. Simplificando mucho diría que comprender que el alma es “esa cosa pensante” que llevamos con nosotros, en el cuerpo, -lo mismo que los riñones- pero que no se deja ver, abrió un nuevo horizonte dentro de mí. Saber que alma y cuerpo no son dos “cosas” sino solo dos modos o maneras de mirar la misma cosa, le devolvió a mi cuerpo una sensibilidad que no entendía y, a mi alma, un lugar. Un lugar desde el que mirar inteligente, racionalmente, y cuestionarme, qué me pasa, qué quiero, quién soy.., cosas así..
Incontables pensamientos nos inundan cuando no estamos inmersos en algo que realmente nos interesa, y podemos ignorarlos, disfrutarlos o sufrirlos, pero lo cierto es que nos mantienen entretenidos, en babia, lo mismo que en los juegos del móvil o la TV. No merecen la pena pero nos salvan de la emoción más ignorada y, a la vez, la más temida que podemos sentir..: aburrirnos, no saber qué hacer, no saber qué somos si no pensamos o hacemos algo, lo que sea. Hemos perdido la capacidad de contemplar, sin más, y regocijarnos. Spinoza dice que solo hay un pensamiento al que vale la pena agarrarse porque solo esa idea es verdadera, impoluta y eterna. Y esa es la idea a la que el alma naturalmente nos lleva y que Spinoza llama Dios o la Naturaleza.
La palabra dios resulta complicada pero también muy conveniente en tanto que nos toca de lleno, cuestiona toda otra idea que podamos tener, o no tener, acerca de dios. Y eso es difícil ya que, de hecho, implica un cuestionarse sin fin a uno mismo, cuestionar la vida misma y todo lo que creemos saber y ser. Nos obliga a hacer un buen uso de esa capacidad “milagrosa”, como creo que diría Da-Vinci, que se nos ha concedido a los humanos, la de indagar en el Universo y averiguar el misterio que somos.
Porque tenemos un cuerpo físico, y esa es una cara, o un modo de ver, de saber, lo que somos, pero también tenemos un cuerpo mental, somos una mente que piensa y, ya sea estúpida o lúcida y penetrante, genera incesantes pensamientos de los que, en su mayoría, desconocemos su causa. Hasta los ciegos pueden ver, percibir sus afectos y sus pensamientos, porque los pensamientos no se ven con los ojos del cuerpo, no son físicos, son vientos fugaces, brisas amables o huracanes.. Y esa es la otra cara, el otro modo, invisible pero obvio, de lo que también somos. Es decir alma y cuerpo son una misma cosa que podemos ver, y vivir, desde dos ángulos distintos, pero no podemos separarlos. Y eso, curiosamente, es una tarea tan ardua y difícil que muy pocos se atreven a emprender.
Quizá, para entender la libertad y el sosiego a los que se refiere Spinoza -y de lo que, aún más que sus palabras, su vida dio testimonio- cito a Eckhart que, con otras palabras, dice lo mismo: El ser separado (esa expresión creo que se entiende mejor si se traduce como “desapego absoluto” o “el que habita en Sí mismo, indiferente a todo pero en perfecta conexión con Dios”) «El ser separado, dice Eckhart, está por encima del amor, -de la misericordia y la humildad- porque el amor me obliga a sufrir todas las cosas por Dios, mientras que el ser separado hace que yo no sea susceptible de nada sino de Dios. (..) por eso la separación es lo mejor, limpia el alma, purifica la conciencia e inflama el corazón, despierta al espíritu y activa el anhelo de conocer a Dios..» Pero, más adelante, añade: «Y ahora prestad atención todos los sensatos! El animal mas veloz que os puede conducir a esa perfección es el sufrimiento..»
Pero Spinoza no habla de sufrimiento. Por lo que lo he estudiado, -unas cuantas lecturas de su Ética, algunos de sus tratados y el magnífico escrito de Karl Jaspers en su tercer volumen “Los grandes filósofos”, -sé muy poco sobre él. Sé que muy joven fue expulsado de la Sinagoga bajo la más cruel de las maldiciones, que vivió solo y que sus últimos 10 o 15 años los pasó tosiendo, escupiendo sangre y casi sin poder respirar debido al polvo que inhalaba puliendo cristales para ganarse la vida. Puedo imaginar su sufrimiento pero en ninguno de sus trabajos lo menciona, no hay ni siquiera la sombra de una queja. Cito a Jaspers: «Spinoza representa algo así como el sacrificio personal de su historicidad en favor de lo suprahistórico. El filósofo reconoce el trance en que se encuentra pero no padece el sufrimiento de ser una víctima. No cabe hallar en él, el sometimiento doliente a un Dios o el doloroso martirio que sufrió Jesús, pero tampoco la intensidad del sufrimiento que él mismo padecía; solo la impasibilidad, la alegría, la serenidad y la bienaventuranza alcanzadas en el encuentro con la realidad única de Dios.»
El sufrimiento, para Spinoza, no es importante, lo que importa es pensar bien. Escuchar al alma y hacer caso de lo que nos susurra desde el cuerpo, ella nos guía por el camino correcto que, sí, estará lleno de impedimentos, obstáculos, oscurecimientos y desafíos, pero la vida, es así. Karl Jaspers dice: «conocía bien los efectos y perturbaciones de la razón, pues habla de ellos con gran exactitud, pero los consideraba algo que se desvanece al ser dilucidado». Pensar bien para Spinoza es, ante todo, una praxis vital y «de ahí su reserva, carente de cualquier rechazo o oposición, la soledad para él, es una necesidad inherente a la vida racional.» La conciencia Spinoziana de Dios es la de «un sereno contento en el amor de lo infinito -Dios- y un asentamiento íntimo en la indiferencia frente a todo lo finito».
Pero, por otro lado, para Spinoza «la libertad consiste en la actividad de la razón en tanto que constituye la esencia del hombre». Y sí, pulía lentes durante el día pero por las noches se pulía a sí mismo y trabajaba sin descanso. Sus escritos son claros, contundentes, comprometidos y muy valientes, certeros, iracundos y apasionados pero siempre inspirados en el Uno que somos todos. Porque, por ejemplo, en la naturaleza existen los asnos y los caballos, pero obviamente el asno no tiene culpa alguna por no ser caballo, ni el caballo por ser caballo y no ser.. un ser humano y, sin embargo, todos somos manifestaciones de lo Uno. Los infinitos modos en que se manifiesta, la multiplicidad de formas que adopta ese Dios-Uno es inefable e ineludible y, por lo tanto, totalmente incomprensible, inimaginable, a nuestra pobre, limitada, mentalidad humana.
Spinoza lo tiene muy claro y por ello no juzga ni condena nada ni a nadie, solo nos invita, nos obliga a comprenderlo y hostiga a los supuestos sabios, a tenerlo en cuenta y actuar porque «El amor intelectual del alma hacia Dios es una parte del amor infinito con que Dios se ama a sí mismo» y ese amor no conduce a la quietud; por el contrario, esa comprensión es la alegría suprema y toda alegría potencia el deseo e impulsa nuestra capacidad de actuar y manifestamos en el mundo de la mejor manera posible. Tomemos, por ejemplo, la idea del perdón; ese supuesto deber que tanto se pregona y casi nunca se actualiza, no es, para Spinoza, una virtud, ni un acto de bondad, generosidad o renuncia. El verdadero perdón puede ocurrir solo cuando comprendemos realmente que el otro, lo mismo que uno, está haciendo lo que puede dadas sus circunstancias, -herencia, educación, experiencias y todos los condicionamientos que marcan su vida- y, por tanto, no sabe, no puede, hacerlo mejor. Puede parecer -y ser- muy malo pero en verdad lo que está es muy equivocado, herido, amargado, rabioso y lleno de un odio tan doloroso que solo piensa en desquitarse, vengarse o matar. Y claro, en esos casos, cada día más frecuentes y extremos, se requiere de muchísima ayuda o de una mano bien dura que actúe y castigue o condene, pero siempre desde una mente inteligente, compasiva. «La compasión, en palabras de Osho, no es tener un corazón sangrante que simpatiza con el dolor de los otros; la compasión es un amor tan profundo y enorme que está dispuesto siempre a hacer lo que sea necesario para limpiar y aportar claridad a la situación.»
Sí, no es nada fácil entender, lo que dijo este hombre hace 4 siglos, y mucho más difícil aún, llevarlo a la práctica pero, si nos llega, nos golpea y nos deja aturdidos; podemos olvidarlo pero no borrar el impacto que su pensamiento, así como su vida, deja en nosotros. Y la cosa se complica y dificulta aún más cuando dice que no podemos pretender, por mucho que amemos a Dios, que Dios nos ame. «Dios está libre de pasiones y no experimenta pasión alguna, ni alegría, ni tristeza». La naturaleza no sufre cuando la araña se come a la mosca ni se alegra cuando logra escapar; el sol no se alegra cuando nos alivia ni se entristece o enfada, cuando nos quema. Bueno y malo son interpretaciones humanas, mundanas, erróneas. Olvidamos que el equilibrio, en la vida o la Naturaleza, es una Ley necesaria, digamos, “divina” ante la cual, nuestros gustos o disgustos, nuestra opiniones, no cuentan. Podemos estudiar y comprender esas leyes y ampliar nuestras miras -como lo han hecho tantos sabios y muy especialmente Einstein que reconoce que aprendió y confirmó de sus propias teorías gracias a sus asiduas lecturas de Spinoza- pero juzgarlas, estar en contra o ignorarlas, es seguir pensando como niños tontos y enfadados que sufren porque la vida no es como ellos querrían.. como creen que debería de ser.
«Dios ama a los seres vivientes en la medida en que se ama a sí mismo y, por consiguiente, el amor de Dios hacia los humanos y el amor intelectual del alma hacia Dios, son una y la misma cosa». Si pensamos bien, si sabemos que eso es así, la quietud y la alegría son la misma cosa, ese único amor es así.
Que lo entienda quien pueda y, si además puede, que lo lleve a la práctica. Entiendo, por mis circunstancias, que yo sigo debatiéndome entre el amor y el sufrimiento, pues el uno suscita al otro. Muy lejos aún del ser separado del que Eckhart dice que «no es otra cosa sino que el espíritu permanezca ante todo asalto del cuerpo y el dolor, honores, vergüenzas, oprobios.., como lo hace una montaña de plomo ante un viento débil». O, en bellas palabras de Spinoza, «En cuanto el alma se conoce a sí misma y percibe el cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, posee necesariamente el conocimiento de Dios y sabe que ella es en Dios».
El alma sigue buscando, ascendiendo o descendiendo, nunca se sabe, intentando compenetrarse con La Naturaleza y conseguir así, reconciliarme con mi espinosa relación con Spinoza, a menudo me enfado mucho conmigo y/o con él y me alejo, lo pierdo de vista. Psique, a mi pesar, sigue estudiando, esforzándose y escribiendo estos últimos coletazos porque, el cuerpo, aunque derrotado, no cede. Será, creo, por el famoso “conatus” del que habla Spinoza: la fuerza vital, el esfuerzo innato en todo por preservar y perseverar en su ser. En todo caso hay algo o alguien que no cede a pesar de que Psique se muere de ganas de.., pero, me temo, que aún no sé muy bien de qué..