III.IV. Etérea


Etérea, frágil como mariposa

Pero intensa, persistente y poderosa 

Con la ferocidad del lobo y

Los ojos y la astucia del halcón 

Discurre sin hacer ruido ni cesar nunca 

Por nuestro interior  


Por las noches se hunde en la negrura 

Y a ratitos sueña. 

Cuando descansa en la ausencia de todo

Se olvida de sí misma. Deja de existir 

Sin conciencia alguna gozamos de un bienestar inmenso y reparador

Nada sabemos nunca de esa quietud perfecta

Solo, que dormimos muy bien


Pero cada mañana vuelve y, calladamente 

Sin pausa alguna, la vida interior retoma el impulso y

La cháchara vuelve a empezar


Inquieta siempre al filo 

De la incertidumbre se entretiene 

Yendo atrás y adelante, arriba, abajo, adentro, afuera, 

Una y mil veces se repite la búsqueda incesante

No se sabe muy bien de qué pero no importa

La mente gira, gira incansablemente 

Siempre en torno al hoyo que, al fondo, 

Cual oquedad insaciable la obliga a buscar y 

Encontrar algo, lo que sea, a fin de obviar la falta

Y burlar el agujero que solo Amor 

Podría colmar


En silencio los fantasmas acechan 

Y cualquier ocasión es buena 

Para personarse y reclamar su herencia

Extienden sus alas y su resplandor enciende 

La ilusión de volver a sentir el frenesí loco 

De revivir la plenitud anhelada, la emoción

Esa, que llamamos amor


Amor nos trastorna 

Nos transforma en amantes insaciables 

Adictos a querer siempre y a querer, 

Por encima de todo retener la efímera 

Sensación en la que la ausencia se borra 

La falta se colma, el hueco se aclara y 

No se desea nada más 


Pero cada mañana amanece el mundo y,

al menor roce, la vida se despierta y vuelve..

Etérea y frágil cual mariposa,

Intensa y salvaje como fiera hambrienta

Insaciable, incansable y obsesiva 

Con la resistencia del salmón que vuelve a casa 

Prosigue su búsqueda ciega en pos del final

Al que inevitablemente aspira y 

Hasta no hacerse una con eso a que aspira 

Una, no dejará de aspirar



    Moraleja


Ahí donde la mariposa prueba el divino néctar 

que llamamos amor, el alma se queda atrapada

por el aroma, encadenada a la forma y locamente enamorada 

de la flor que, sin hacer nada, nos convertirá en adictos

de ese aroma, de esa forma, de la flor que, sin saberlo

regirá nuestro destino y decidirá qué quiero y quién soy.

Mira bien y averigua: quién, qué, cómo, cuál 

es la flor a la que llamas Amor…?


San Agustín afirma que «lo que el hombre ama  

Eso es lo que es hombre es.»