PRÓLOGO A ¿Sermones, plegarias, poemas?
A los ochenta.. un ángel
“A los ochenta, –cerca ya de un hoyo del que no saldría– un ángel
se personó en mi vida, abrió una puerta, allanó el camino
dio alas a mis escritos, luz verde a mi pasión oculta.
Alivió mi corazón y serena alegría. Algo así como, labor cumplida.
Me enseñó a recibir, –cosa que no sabía–
esa lección, inesperada y sanadora no se olvida
y puedo agradecer a la Vida el ángel gracias al cual
hoy agradezco estar aún viva..”
A Alba Bioque
Esto no es un comentario a los escritos que siguen, no pretendo explicarlos o hacerlos más asequibles, responde, en cambio, a mi necesidad de entenderlos, integrarlos y hacerlos míos. Cuando, gracias a Alba, recuperé el blog que un amigo colgó en las redes, de eso hará unos 8 o 9 años, me di cuenta de que fue una decisión precipitada. A diferencia de los anteriores sobre lo que había trabajado casi desde niña, estos hacía muy poco que veían la luz y estaban muy verdes.
Y quizá por eso he tenido una sensación extraña, una emoción desconcertante al leerlos y no reconocerlos como míos. A parte de la idea de haberme liado con Frost, no tenía ningún recuerdo de los otros y he necesitado detenerme y recuperar esas vivencias, el entusiasmo que, cuando se agotó –con Voces en el desierto– no dejó huella, perdí la memoria. De modo que releerlos, pulirlos y considerar el compartirlos y devolverlos a las redes ha sido una aventura inesperada. Y lo que sigue es, tal vez, el cuento que me cuento a mí misma para darles un orden, un sentido, la dirección que recién hoy creo entrever.
Creo que después de enterrar a la Psique empeñada en morir, pasaron meses, quizá unos años. No tengo idea del tiempo que me tomó ese duelo pero sé que en algún momento sentí la necesidad de salir de ahí y volver a escribir. Empecé donde estaba, aburrida y cansada pero decidida a exprimirme la cabeza. No es que estuviera ociosa, pacientes, clases, algunas conferencias para las personas mayores por media España, largos paseos a lado del mar, muchas horas de estudio y lectura y otras tantas de nada. Es decir, trabajaba, viajaba y estudiaba pero “algo” me faltaba y, Dejo, que dejar no cuesta nada, me abrió una puerta y, por así decir, también, el apetito. Poco a poco fui recuperando el aliento y las ganas de volver a escribir. Por suerte me fui encontrando con otros. Marisa, una amiga a la que le gustaron mis primeros En torno a Nada –lo que me animó mucho– y que se definía a sí misma como “un alma esforzada”. Más tarde me atreví con Pema, con Irina, Lull me fascinó por un tiempo y así, poco a poco, el gusto y la necesidad de expresarme y “dialogar” con otros se abrió camino otra vez.
A partir de Sola con los años no necesité pretextos, las ideas, las palabras, fluían solas. La necesidad de expresar lo que no puedo decir a nadie, por un lado y, por otro, mi manía de ir a lo esencial y decirlo con las menos palabras posibles, me han obligado a escribir poesía. ¿Sermones, plegarias, poemas? Son el resultado de ese afán por compartir, aunque solo fuera en mi imaginación, lo que estaba viviendo. En fin, creo que en eso todos somos más o menos iguales. Creemos que lo que vivimos es importante y queremos que otros, todos, se enteren de lo que yo.. Pero, por otro lado, y salvando insalvables distancias, si Mozart, Shakespeare, Leonardo, Van Gogh, Nietzsche y un larguísimo etcétera, no hubieran querido compartir con nosotros sus vivencias nuestro mundo sería muchísimo más pobre. Confío, por otro lado, que los granitos de arena, pulidos, inofensivos, también tenemos un lugar, alguna función que cumplir en este momento en el mundo.
Federico Garcia Lorca, Leonard Cohen y muy especialmente Robert Frost fueron tres regalos, tres pausas en las que yo no estoy o, mejor dicho, en las que estoy arrobada por la belleza de Lorca, por la hondura de Cohen y por la increíble lucidez de las Prosas de Frost. Diría que a los dos primeros, rindo homenaje desde mi profunda admiración y gratitud. Pero con Frost, además, dialogo, juego, pregunto y aprendo, descubro y confirmo que dado que todo es un “como si” lo único que importa es el Significado.. que una le dé a… Y parece fácil pero en ello nos va, quizá no la vida, pero sí su sentido. Y la vida sin sentido, pues ya me dirás para qué. .
Tras esa agradable pausa, vuelvo a lo mío y el Maestro Eckhart se encarga de sacarme de mis desvaríos literarios y ponerme en la recta final. Desde «ese telón de fondo de inmensidad y confusión donde estamos todos, en la negrura y el caos absoluto» cómo lo expresa Frost, solo nos salvan las palabras, o sea, el orden, el sentido, el afecto que en ellas ponemos. Cuando Frost entiende que donde Emerson dice Amor, quiere decir Significado, yo entiendo que Frost da con el verdadero sentido –o significado– de la palabra amor. El amor que ponemos en las palabras que pensamos y/o emitimos, no es otra cosa que el significado que les damos. Cuando Almaas, por ejemplo, en el último capítulo de su Runaway Realization analiza y explica con detenimiento nueve maneras de entender, de vivir, la -palabra- libertad; nueve posibles dimensiones internas de comprender el significado de qué es ser libre, nos enseña que son muchos los niveles desde los que podemos entender, significar y amar lo que decimos o, con las mismas palabras, confundir, engañar y manipular a fin de conseguir lo que nos proponemos. Del mismo modo, cuando Eckhart habla de la nada señala un camino largo y difícil de recorrer antes de poder siquiera vislumbrar que: nada tiene sentido porque solo nada nos acerca y, con suerte, nos revela algo de eso que llamamos dios.
Como siempre no me faltaron valiosas ayudas, Bernadette Roberts me aclaró todas las dudas acerca de las noches oscuras que se experimentan –como se manifiestan y cuál es su cometido– antes de sufrir la pérdida definitiva: The experience of No-Self. Almaas me llevó de la mano todo a lo largo de su Diamond Heart Series por las difíciles etapas del camino que va del natural impulso de querer librarnos del sufrimiento, a la casi increíble experiencia de sabernos y sentirnos tan libres que no sabemos quién es el que disfruta de la libertad. «Porque se está totalmente libre de perspectiva o postura alguna, y, por lo tanto, la libertad se vive en profundidad como libertad absoluta de cualquier tipo de Self.» Pero, nos advierte y aclara, «seguimos siendo un individuo particular con una vida personal que es significativa y que debe ser atendida.»
Y ese lazo con el cuerpo, con nuestra vida personal y la realidad externa, es el más difícil de soltar y dejar simplemente que fluya. Permitir que se alinee nuestra comprensión con las leyes eternas, perfectas e ineludibles de la Naturaleza. Porque solo si aprendemos a reconocer las ideas inadecuadas que por lo general nos gobiernan, como lo que son, –producto de afectos mal entendidos, significados erróneos, repetitivos y dañinos– podremos desecharlos y transformarlos, inteligente, racionalmente, en ideas adecuadas, lúcidas y en perfecta armonía con lo que Spinoza llama la Substancia Una o Dios.
Aquí debo ir despacio y procuraré ser breve porque Spinoza es mi punto flaco. Leí su Ética a los 15 o 16 años. Procuraba leer todo lo que nos sugería el maravilloso profesor de filosofía que tuve esos años. Francisco Carmona, un enjuto burgalés refugiado de la guerra civil española al que debo el regalo más precioso que me ha dado la vida: mi amor a la filosofía y, muy especialmente, a Spinoza. Hoy lo releo y creo que apenas voy entendiendo; no sé qué demonios pude entender entonces, pero 4 o 5 de sus axiomas –que me contengo de citar– se grabaron en mí para siempre sin que yo supiera ni dónde. Y ahí han estado. Como las marcas indelebles que deja en la piel un hierro candente; uno quizá las olvida, pero nunca se borran. No creo tener el tiempo, ni la osadía, de escribir sobre mi relación con él, pero tampoco puedo obviar el amor/gratitud que me inspira aunque no sepa expresarlo.
A final de mis breves “diálogos” con Eckhart, me encontré con Plegaria y eso fue una sorpresa tan grande que aún me cuesta creerlo. Nunca imaginé escribir tal cosa; pero ahí esta, simple, directa y claramente inspirada, casi me atrevería a decir, obligada, por la última frase del Maestro; escandalosa, incomprensible y/o absurda pero contundente y definitiva: Dios líbrame de Dios. Líbrame de mis ideas y falsas creencias, de las proyecciones y las expectativas, tan comprensibles y humanas como infantiles e inciertas. De la ceguera, la confusión y las mentiras que me impiden descubrirte en todo, en los neutrones y en las galaxias, en la inmensidad del inagotable y misterioso poder, tan creador como destructor, de la llamada Madre Naturaleza y, por supuesto, en mí, en ti, en todo y en todos. En la increíble potencia de percibir y obrar de que gozamos los seres humanos, para desarrollar una conciencia clara y distinta y ser plenamente conscientes de no ser sino una manifestación temporal de Dios, de la única Substancia y no otra cosa.
Comprender, aceptar lo que realmente implica renunciar a la creencia en un dios personal, no es fácil. Solo si podemos entenderlo racionalmente y logramos verificarlo –aunque solo sea por unos instantes– con la experiencia, nos resultará evidente. Renunciar a la idea de un padre celestial bondadoso y/o justiciero que escucha y atiende nuestras incontables demandas y castiga o premia nuestras acciones o intenciones, –como nosotros, los humanos pensamos que debiera hacerlo– puede parecer fácil, conveniente, incluso lógico, pero esa convicción está enraizada en lo más profundo del inconsciente y no desaparece fácilmente. Toma distintas formas y, los no creyentes, por ejemplo, aún sin saberlo, la padecen igual, aunque muy a su manera. La seguridad ciega con la que se lanzan a lo que sea –la política, el sexo, el dinero, el terrorismo o la revolución– da fe de su confianza en que ellos saben y tienen razón, y esa “razón” indiscutible y por lo general dogmática es, para ellos, un dios.
La frase con la que Spinoza concluye su Ética, dice así: «Todo lo excelso es tan difícil como raro.» Y ciertamente, en mi opinión, –y creo que en la de muchos– no que hay libro más difícil y raro –y casi me atrevería a decir, antipático– pero, indiscutiblemente, excelso. En todo caso al fondo de: “Ruego a dios que me vacíe de dios” estaba Spinoza; mi necesidad, no de sentir o creer, sino de comprender, se la debo a él. Entrever, por ejemplo, lo que significa Eckhart cuando dice cosas como: «De que dios sea dios, yo soy causa; si yo no fuera, dios no sería.» «Él no es bondad ni ser, ni verdad, ni luz. ¿Entonces, qué es? No es absolutamente nada.» «Dios es uno sé qué, que trasciende todo.» «Es un Uno simple, sin ningún modo ni cualidad y, en ese sentido no es ni Padre ni Hijo ni Espíritu Santo y, sin embargo, es un “algo” que no es ni esto ni aquello.» Es verdad que, compasivamente, Eckhart nos advierte: «no debes afligirte si no comprendes estas palabras pues, mientras no seamos semejantes a esta verdad no podemos comprenderlas.»
Creo que a partir de ahí volví a sumirme en otra especie de amnesia. No consigo recordar cuándo o cómo surgieron las Voces en el Desierto. He tenido que releerlas varias veces antes de poder ubicar de dónde salieron y porqué. Creo que expresan tristezas que no sabía, las experiencias de lo insignificante y sola que me sentía pero, a la vez, inspirada, divertida y maravillada de los giros y transformaciones que era capaz de vivir, imaginar y sufrir o disfrutar en los desiertos, en mi interior.
Silencios en el Desierto apuntan a una salida: la muerte del soñador. Y la cosa se aclara pero también se complica. La agonía es lenta, incierta y dolorosa. El fuego, la luz, la fiereza del viento, la soledad y los golpes que nos regala la vida, todo ello, abrasa, pule y aniquila.. ¿qué? A una, una se va deshaciendo y, a medida que ego se transparenta, vamos descubriendo los dones, las muchas “gracias” que en el desierto nos aguardan, si logramos sobrevivirlo. Cuando una se acomoda a ese todo y/o nada, una se siente, por fin, acogida, o, por así decir, en casa. Y se verifica aquello de “más vale sola que mal acompañada”.
Frost dice que debemos cultivar dos temores, el temor de no ser dignos a los ojos de quien nos conoce mejor que nosotros mismos; a ese lo llama el temor de Dios. Y el temor del hombre, el temor a que los otros no nos entiendan y nos quedemos solos y aislados. Dos temores muy saludables, no cabe duda, pero cuando solo nacer te encuentras con nadie –aunque solo fueran tres días– aprendes.. No, no es nada que uno haga; la vida se encarga de dejar su huella en nuestra memoria recién nacida y esa impresión indeleble se arrastra a lo largo de toda la vida y condiciona qué y cómo vamos a vivir. Las leyes de la Naturaleza son inapelables, sabias y misteriosas. Conviene hacernos “amigos” de ellas y estudiarlas y comprenderlas tanto como nos sea posible. Por ejemplo, Spinoza dice que «En la medida que entendemos las causas de la tristeza, esta deja de ser una pasión, es decir, deja de ser tristeza y, en cuanto entendemos a Dios como su causa, nos alegramos». Y nos aclara: «La alegría es el paso de una menor a una mayor perfección». Cosas así, frases que seguramente no entendí mucho por entonces pero que calaron muy hondo, me han orientado en la vida y en mis escritos; me aportan una visión clara –adecuada– para aceptarme, abrazar mis tristezas y comprender las causas de la impresión de nadie, es decir, la sensación de abandono, soledad, frustración, injusticia y aislamiento que, muy al fondo, me ha acompañado siempre. Por otro lado, ese trasfondo me ha permitido empatizar y comprender el dolor de otros. No puedo quejarme, más bien lo contrario. A menudo quienes no han sufrido traumas en su temprana infancia no suelen ver ni comprender el dolor de otros. Los califican de orgullosos, egoístas, negativos, antipático. Esos juicios no solo no ayudan, agudizan el daño y obligan, a quienes sufrimos de esas viejas, ocultas, heridas, a interiorizarnos y aislarnos aún más. (Lo que en el fondo es una ayuda, pero, eso, es otro cantar..)
Ojalá que algunas de las frases de Spinoza que he mencionado, también te sirvan a ti o, al menos, despierten tu curiosidad. A mí, Quejas y Aflicciones, me resultó una curiosidad muy reveladora. Abrazar el mundo, vaya faena.! Solo con mirárselo desde lejos, duele, enoja, desespera y ahuyenta a cualquiera que se encuentre mínimamente a gusto en su interior. Por otro lado, y pensándolo bien, no tenemos que abrazar el mundo, el mundo nos abraza –tierna o brutalmente– desde que nacemos y seguimos ahí; estamos y seguiremos estando en sus brazos mientras estemos vivos. Hoy, por ejemplo, estamos siendo abrasados por el fuego, desbordados por las aguas, arrasados por vientos huracanados y aterrorizados por los derrumbes, temblores y erupciones de la tierra. Estamos a merced de un abrazo climático que nos muestra lo torpes e ignorantes que podemos llegar a ser con la realidad que nos rodea, con la Naturaleza; lo que no es distinto, como ya decía Trungpa, de la relación que tenemos entre nosotros. Destruimos la ecología a la par que nos destruimos los unos a los otros.
(Claro que, por otro lado, están los increíbles progresos de los que disfrutamos y de los que tan fácilmente nos volvemos adictos. Hoy se tiene la impresión de la vida en este planeta depende absolutamente de ellos. Los diosecillos de Silicon Valley y los caricaturescos e irrisorios pero indiscutiblemente poderosos “padres celestiales” que hoy gobiernan el mundo nos aseguran que sus inventos y/o armamentos, cuando todo se derrumbe, nos salvarán a todos y nos llevarán a un “resort” en Marte..)
En fin, volviendo a Quejas y Aflicciones no cabe duda de que la intención era buena, la queja sincera y la aflicción profunda e imagino que muy compartida, pero la vida no iba a llevarme por ahí, sino todo contrario. De un día para otro me encontré con nada, –no con mi amiga la nada tan conocida– sino con otra cosa, algo que no conocía ni podía imaginar. De pronto me encontré absolutamente exhausta, vacía, agotada y sin energía alguna para moverme, pensar, no se diga ya, escribir. No supe o no quise aceptarlo y al acabo de pocos meses acabé en urgencias con un flutter –un tipo de taquicardia, que los médicos llaman aleteo auricular–. El nombre es bonito pero la vivencia horrorosa. El cuerpo tuvo que gritarme lo que yo no quería escuchar: “Quieta. Acepta que no puedes.. nada.” A partir de ahí me he ido aquietando tanto como nunca lo hubiera imaginado pero, por otro lado, el cuerpo hace de las suyas y las energías van locas. La procesión va por dentro y, si me alineo con ella, va sola. Pero si me resisto la cosa empeora. Resistirme, o no, no está en mi mano. La vida me brinda confort, tranquilidad, salud y el tiempo y espacio necesarios para estar quieta-y-sola-conmigo. Pero, aún así, no es nada fácil admitir que no se tiene control alguno. Toca soltar todos los nudos, pero soltar tampoco está en mis manos, de modo que no queda sino rendirse y aceptar que la naturaleza sabe más que nosotros, –y, en estos casos, más que los médicos– que la vida sigue necesariamente su curso y que así son las cosas. Si lo comprendemos y lo aceptamos realmente podremos confiar y, si confiamos… Entonces, al decir de Spinoza, la emoción más coherente que podemos experimentar los seres humanos, la gratitud, emerge naturalmente.
Y aunque la sensación de sufrir un parón súbito, al principio, durante un tiempo, cuando conseguía sobreponerme a la quietud a la que el cansancio extremo me obligaba, surgieron cuatro poemas –posteriores a los que incluí en el Blog–. Trungpa, la súbita visión de una luz –como al encender una cerilla– que, cuando alumbra dentro, aunque sea fugazmente, nos permite ver, relajarnos y sonreír. Hermosa tarde describe uno de esos momentos inolvidables en que una simplemente se enamora de lo que sea que una esté mirando. En Ojo coinciden, por un lado, el recuerdo de la niña, que se quedaba absorta mirando por las noches el cielo estrellado y, por otro, el recuerdo de algunas pacientes del tipo “Mujeres que Aman Demasiado”. Todo ese fuego, ese anhelo de amar, no lo desperdicies en un otro cualquiera, mírate en el cielo y enamórate de esa verdad. Y, por último, Jardín que, a diferencia de Desiertos es un canto a la verdura, a la abundancia de placeres y belleza que la Naturaleza nos brinda. Disfruté escribiéndolo pero, en el fondo, hoy me doy cuenta, empieza con la cita de San Agustin «me he vuelto un enigma para mí misma» y acaba igual.. meras palabras.. a las que exprimo, devoro y significo, pero, ¿quién o qué soy? Y ahí, se acabó, no hubo más coletillas, la cabeza se vació y apagué el ordenador consciente de un final definitivo en que el que me he encontrado hasta que un ángel inesperado me rescató hace justo un año.
Volviendo a la pregunta en la que me quedé atorada: ¿quién o qué soy? Hoy creo entender que fue leyendo a Rilke que descubrí que los poetas se hacían esas preguntas –las preguntas que me hacía desde muy joven y, claro, me entusiasmé, sin saberlo, con la que creo que llaman “poesía filosófica” o “filosofía poética”. Acudo, para explicarme, a algunos versos de sus poemas:
«Alguien puede decirme hasta dónde alcanza mi vida?
¿Soy un soplo en la tempestad, una ola en el lago?
¿No soy, quizá, ese pálido y blanco abedul que tiembla en primavera?»
«Tal es la nostalgia: vivir sobre las olas y no tener jamas asilo en el tiempo.
Y tales son los deseos: un diálogo en voz baja diariamente, una hora, con la eternidad.»
Mi no saber viene de lejos y vuelvo, ya vieja, a Rilke para encontrarme y explicarme mejor.
«A veces ella siente: la vida es grande / más indómita que los ríos espumantes / más salvaje que la tempestad entren los árboles / Y, dulcemente, y soltando las horas, abandona su alma a los sueños. (..) Luego se despierta (..) Entonces ella sabe: la vida es desconocida y lejana; y junta sus manos que ya envejecen.»
Y ahí estoy, –no creo haber avanzado mucho– lidiando con las turbulencias a las que el interés, el cariño y la ayuda de Alba me han abocado. Leerme y ponerme al ordenador, a ratos ha sido grato, aclarador y reconfortante, otros, he tenido ganas de borrarlo todo y dejarlo estar. Renunciar, en el fondo, no me cuesta; no es que no duela pero me resulta familiar, una vieja costumbre. Y, otra vez, Rilke, «la fidelidad de un hábito, niño mimado, que se complació en nosotros, quedándose para siempre.» Por otro lado, el anhelo, más o menos doloroso, de toda mi vida: compartir, tiene una rendija por la que asomarse y, con suerte, ese viento, encuentre un eco..
«Yo quisiera parecerme a los secretos, no dar forma a los pensamientos sino
bajo mi frente / que en mis rimas se encierre toda nostalgia / no ofrecer en mis miradas sino dulzura en germen / y que mis silencios produzcan escalofríos.
No traicionar jamás, y con mi soledad / levantar el más alto de los muros.. (..) pero mantener el corazón abierto y que ese corazón bendiga.»
Cuando las palabras de un libro o de un poema, –como esta última cita de Rilke– me resuenan, es como si yo formara parte de ese viento, como si esas palabras también fueran mías. Ese compartir me alegra la vida pero, cuando además me inspiran, –derrumban barreras y abren espacios de claridad– siento admiración y reverencia, amor y gratitud. Y es por eso por lo que que para terminar cito los últimos versos de uno de los poemas que Borges dedicó a Spinoza. Tal vez no venga muy al caso pero, para mí, significan el origen y la meta de todos los caminos, el logro del que las grandes almas han dado y dan testimonio, Eso a lo que aspiramos todos, lo sepamos o no, y que las palabras de Borges describen magistralmente: «Desde su enfermedad, desde su nada / sigue erigiendo a Dios con la palabra / El más pródigo amor le fue otorgado / El amor que no espera ser amado».