III.VI.I. La gracia de los años
Hacia el final de la vida
El terror, –siempre latente–
De no ser nadie, en verdad,
Se ve muy claro y
No importa
Sucede naturalmente
Los ocres en otoño, los grises en invierno
Y en las horas más negras el latir de la alborada
Todo es silencio y calma, nada pasa de largo
Y se va..
Ocurre sin esfuerzo
La vida se encarga sola
Barre las hojas secas, esponja los huesos
Se asegura de que la luz disipe las tinieblas
La vivacidad vuelve, pasa de largo y
También se va..
A medida que el tiempo roe los cimientos
Que nos sostienen, poco queda por hacer
La vida se nos cuela entre los dedos
Dejando solo el polvo, cenizas de los recuerdos
No hacemos nada
La intensidad se impone como el día a la noche
La verdad quema y nos rendimos a ella
A lo que tenga que ser y no-ser
El blanco desciende y mitiga, consuela
Corona las cimas, las sienes, cubre las ausencias
Borra las memorias y cuando el negro de la noche se despliega y
El temblor nos acosaría, el alba despunta y
No hay caso, nada la va a detener
Hacia el final de la vida –con la gracia de los años–
Se va integrando lo vivido. El recorrido se encarna
El alma se transmuta en calma
La calma colma el espacio. El espacio
Se hace un ovillo y asfixia a besos
Todo lo vivido hasta que no queda nadie
Nada por lo que sufrir
Sin nadie que se interponga
El circuito de la vida se ilumina y la luz
Circula sola por un circulo infinito
Sin centro ni periferia. Inmenso espacio
Vacío donde gozamos, sin pudor alguno
Del saber, siempre latente, –justo detrás del terror–
Que solo siendo nadie en esta vida
Se llega a Ser de verdad